lunes, 21 de noviembre de 2016

Santa Cecilia: LA MÚSICA...

Os comparto el testimonio de Hildegarda, cómo vivía, sentía la música como monja:

Hildegarda, cuidaba que las hermanas no se concentrasen sólo en la voz, sino que tuviesen conocimiento del cuerpo en su totalidad, ya que es la caja de resonancia y el instrumento. Con frecuencia acompañaban el canto con movimientos en forma de danza. Así era más fácil sentir cómo se movía en el cuerpo la música al ritmo majestuoso de las horas, de las estaciones, de las órbitas perfectas de las estrellas currens per anni circulum. Trataban de explicar que la música no es sólo arte o ciencia, sino liturgia. Y toda la liturgia es la mimesis de la armonía que preside la circulación divina, la escansión de formas y ritmos que, de acuerdo con la belleza de la creación, no reflejan e absoluto lo necesario y lo debido, sino que irradian gracia, que es esplendor gratuito, derroche delicado.

Para los ensayos, Hildegarda, se proveía de un poco de incienso para quemarlo en el brasero. Éste valía para calentarse en las estaciones frías. También tiene el poder de disipar la respiración agitada y liberar la ansiedad de la mente.

Además, recuerda al perfume delicioso del nardo con el que la mujer, Magdalena, había lavado los pies del Señor junto con sus lágrimas. Por eso la había acusado de gastar demasiado dinero en el nardo precioso en vez de socorrer a los pobres. Pero Cristo advirtió a aquellos criticones que la verdadera celebración no está en lo útil, sino en lo superfluo otorgado con manos ligeras.

Esto tiene que ser la música para una monja cisterciense. No simple oración, sino algo más fino y potente al mismo tiempo, el derroche delicioso en el que el alma se consagra.


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