martes, 13 de marzo de 2018

Hacia el final...

En esta IV semana de Cuaresma, en Monte Sión - Toledo- se está viviendo el final del curso de formación de postulantes y novicias, que comenzó el 17 de Enero del 2018.

Este mismo domingo IV de cuaresma se graduaban tres novicias. Han realizado los cinco cursos de formación y ahora comienza un nuevo camino en la vida monástica. Fue un día precioso.


Pues bien, en este domingo en que el lugar a ir es el del CORAZÓN.Ahí donde el tiempo vivido minuto a minuto con Jesús, adquiere un significado nuevo. Él se presenta como elevado a la cruz, pero también como glorificado. En Él se nos brinda a volver al corazón y a ver el amor desconcertante de Dios.

sábado, 3 de marzo de 2018

Lugares cuaresmales: el templo...

Te compartíamos el domingo pasado los lugares para esta cuaresma: el DESIERTO, el primer domingo; la MONTAÑA el segundo domingo. Y, este tercer domingo es el TEMPLO.

Jesús va al templo y con el látigo comienza a sacudir todo, porque el templo es el lugar de la oración y lo han convertido en una cueva de bandidos. Pues bien, el templo es nuestra alma e igual Jesús, en este tiempo de cuaresma, también tiene que entrar en ella y coger el látigo, porque está llena de sabandijas y bestias, como diría Santa Teresa.

El templo es el lugar de la oración, no de reflexionar sobre nuestros intereses y cavilar, realizar nuestros proyectos. ¿cómo es mi oración? ¿Quién es el centro de interés en la oración, Dios o mi propio yo? ¿En la oración de qué hablo? Soy yo con mis agobios, expectativas quien pone distancia, creo muros que dificultan la oración y me cierro. Todo esto son trampas mecanismos de defensa que me dificultan en el modo de avanzar de Jesús.

Con Él de la mano me pregunto ¿cuándo rezo tiendo a hablar o a escuchar? ¿De qué hablo? ¿Qué deseos se suscitan en mí?

viernes, 2 de marzo de 2018

La envidia...


Reconocer la envidia y comprender su significado puede ayudarnos a bregar con ella cada vez que sintamos los efectos dañinos de sus embates. Si no la traemos a nuestra conciencia, podemos acabar fácilmente siendo presas de la envidia propia o ajena.
Ciertamente la envidia nos afecta a todos en algún momento, a pesar de nuestras mejores intenciones y de cuantos intentos hagamos por superarla.
La liturgia de hoy nos presenta la envidia en la historia de José, hijo de Jacob. José fue víctima de los celos de sus hermanos cuando vieron que, según dice el texto:“Israel amaba a José más que a todos sus demás hijos, por ser para él el hijo de la ancianidad. Le había hecho una túnica de manga larga. Vieron sus hermanos cómo le prefería su padre a todos sus otros hijos, y le aborrecieron hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle” (Gn 37, 3-4). Y además los sueños de José despertaron el odio en sus hermanos, cuyos celos acabaron en convertirse en envidia asesina.
La causa principal de la envidia de los hermanos de José es la preferencia. Detrás de la preferencia está el más que…o la desigualdad, pero no es odiado Jacob, que es el que tiene la preferencia, sino José por ser tratado con más amor o distinción. Pero el odio crece, por tercera vez se repite esta frase (vv 4.5.8) lo que indica una intensidad en el rechazo de las pretensiones de José el soñador. Los hermanos escondieron en el silencio su envidia y cobardía, ocultaron sus perversos deseos, por eso se incubó y creció la envidia. Estos se habían ido muy lejos a buscar pastos y vieron desde lejos a la persona odiada. José que no odia no puede distinguir desde lejos, necesita acercarse. La amistad es de cerca, el odio de lejos. Ahí está el soñador, dirán sus hermanos, y puesto que la túnica había sido la concreción de la preferencia paterna, dicho símbolo será quitado. Le arrancaron la túnica.
La envidia nubla nuestra mente, por eso es necesario conocer la dinámica que tiene esta emoción. La envidia brota de un deseo humano de plenitud. Surge de una sed profunda de lo bueno, y de una desesperación similar para poder obtenerlo. Cuando percibimos que algo es bueno, nos sentimos atraídos hacia ello. Necesitamos sabernos cerca o poseerlo. Eso sucede si “lo bueno” es otra persona, un objeto material, una belleza de la naturaleza, o algún rasgo valioso como la felicidad o generosidad. La envidia guarda una relación directa con la bondad. La envidia entra en nuestro corazón cuando nos desesperamos ante la perspectiva de no poder recibir las cosas buenas que deseamos. Nuestro sentido de frustración y desesperación se convierten en el caldo de cultivo de la envidia, que florece allí donde falta la esperanza. Esto explica tanto nuestro padecimiento cuando alguien triunfa, como la alegría secreta que sentimos ante el fracaso ajeno.
La envidia es fruto de ignorar el deseo más hondo de nuestra naturaleza humana. El deseo del hombre nos lo expresa S. Agustín: “Nos has hecho para ti, oh Dios, y nuestros corazones no estarán en paz hasta que descansen en ti”, expresa la verdad acerca de nuestra aspiración más íntima, ese anhelo que nos deja con la sensación permanente de ser incompletos, y con el deseo de más.
Es precisamente la dimensión infinita de nuestros deseos la que nos hace añorar nuestra plenitud. Cuando no aceptamos conscientemente ese aspecto de la condición humana, nos volvemos seres frustrados y envidiosos. Olvidamos que somos criaturas destinadas a hallar nuestra totalidad o plenitud únicamente en el amor de Dios.
La envidia nos hace creer que si tuviera esto o aquello me sentiría realmente completo, pleno. Pero a medida que la experiencia nos va dando evidencias repetidas de que en realidad eso no es así, la desilusión se instala en nuestro corazón, y podemos llegar a odiar.
Entonces, la clave está en aceptar nuestras limitaciones y nuestras pérdidas como parte de la vida; y descubrir que tengo un deseo grande que no se llena con cosas y personas exteriores.

sábado, 24 de febrero de 2018

Lugares cuaresmales...

En este itinerario cuaresmal que estamos viviendo se nos presentan lugares, que son pistas para seguir este camino hacia la Pascua.

En la primera semana se nos invitaba a ir al DESIERTO. Este lugar solitario e inhóspito donde no hay ruidos, pero si hay lucha, se pasa sed; éste tiene que ser el lugar preferido del monje. Es en esa soledad donde se puede orar y se puede llegar a interiorizar los sentimientos. Hoy se busca a cualquier precio y de cualquier forma llegar a la unificación, a la paz, a la quietud; pero buscamos en el lugar menos indicado. La búsqueda de lo auténtico te impulsa al desierto y te hunde ahí para que tomes fuerzas de nuevo: ahí es donde, como en un crisol, se forma el hombre interior. No es posible conocerse uno así mismo sin un cierto retorno al desierto.

El desierto es ese lugar de paso. El Espíritu nos empuja en este tiempo, pero nos devuelve transfigurados, así les pasó a los monjes primitivos como Antonio.

Este lugar es donde te puedes conocer a ti mismo, descubrir tu identidad.

Esta semana que viene será el MONTE. Este lugar tan significativo para la Escritura, donde se ora. Subamos a la montaña y encontrémonos con Jesús cara a cara, transfigurado y nuestra vida será también transfigurada.

En nuestro monte oramos y en esta oración descubrimos quién es realmente Jesús para nosotros.

Nuestro Padre San Bernardo nos dice para este tiempo de preparación para la Pascua, la misión de un pastor es vigilar a sus ovejas en varios aspectos; y entre ellos está la oración. Vigilar en la oración por sus continuas tentaciones, para que no se encoja de miedo.

Te invito a pasar del DESIERTO en el que descubres quién eres tú, al MONTE donde descubres en la oración quién es Jesús.



jueves, 15 de febrero de 2018

El camino de los pensamientos...

En este tiempo que hemos comenzado de cuaresma, la liturgia sale a nuestro encuentro para prepararnos a gozar de la Pascua. Hoy se nos presentan dos caminos, tengo que escoger. El elegir un camino u otro es una realidad vital, continuamente estamos eligiendo, sea lo que sea y como sea; pero, hoy podemos detenernos a pensar qué camino suelo escoger habitualmente, para ello nos podemos preguntar:

¿Qué es para mí la vida?
¿A quién sigo?
¿A quien escucho?
¿A quién amo?
¿A quién sigo?
Se concluyen estas preguntas con esta otra: ¿Dónde es encuentran mis pensamientos?

El pensamiento muchas veces nos define, es una buena brújula para saber qué busco en la vida y hacia dónde quiero ir. Como monja cisterciense os quiero presentar las clases de pensamientos que San Bernardo de Claraval nos dice:

. Los primeros pensamientos son los completamente ociosos e inútiles y que no viene al caso. El alma puede rechazarlos o admitirlos fácilmente, si vive dentro de sí misma y en presencia del Dueño de todo el mundo. Estos son lodo; un simple lodo que no se pega ni huele mal, a no ser que permanezca mucho tiempo en nosotros, y por nuestra desidia y negligencia se convierta en otra clase de pensamientos, como lo experimentamos diariamente.
-Los otros pensamientos son los más violentos y persistentes; están relacionados con las necesidades de nuestra naturaleza y brotan casi del mismo barro del que estamos hechos nosotros. Si les damos entrada muy difícil y doloroso volverlos a expulsar. ¡Cuántas veces nos absorbe de tal modo el  pensamiento de la comida, vestido, cosas que a penas lo podemos arrancar de nuestro corazón! Estos son un barro pegajoso y repugnante.
-La tercer clase de pensamiento son tan deshonestos y repugnantes como es la envidia, la vanagloria y otros vicios detestables. Estos hay que evitarlos como si fueran el estiércol más inmundo y repelente.

¿Qué pensamientos te habitan? 

martes, 13 de febrero de 2018

Cuaresma del corazón...


Debemos observar los movimientos de nuestro propio corazón. Unos nos son más fáciles de detectar y otros nos cuestan más percibirlos. Cuando somos conscientes de esos movimientos que nos cuestan percibir solemos tener la actitud de huir, de evadirnos y buscar cosas exteriores que no nos dejen escuchar, sentir esos movimientos. Entonces el corazón se nos endurece. Esa dureza de corazón que se resiste a transformarse. Dios no quiere un corazón cerrado, le quiere libre, universal. Dios quiere la conversión de los hombres, porque esta conversión es tener un corazón libre, universal. Pero a veces nos resistimos a aceptar que nuestro corazón se abra, se ablande, sea libre.
¿Tenemos el corazón endurecido?
En este tiempo de cuaresma se nos invita a ser sinceros con nosotros mismos y ver ¿cómo está mi corazón? ¿huyo del corazón, me decido a divagar en el exterior? O ¿le escucho y reboso de dicha y bienestar?

miércoles, 7 de febrero de 2018

Formación...

Os comparto como se está trabajando en este curso de formación.
En este tiempo de formación de postulantes y novicias están trabajando un tema muy importante para nuestra vida monástica Cisterciense que es la Regla de San Benito. Un hombre del siglo V-VI que nos presenta un estilo de vida muy humano. 
Este tema se trabaja con los sentidos, porque ellos son  nuestra ventana al mundo. Gracias a nuestros ojos, orejas, boca,... podemos contactar con la realidad que nos rodea y con nosotros mismos. Por eso deben estar muy presentes en el estudio de nuestro temario, veremos que predominará uno en cada bloque, eso no quiere decir que los demás estén excluidos. Únicamente se manifiesta la hegemonía de uno de ellos y que nos servirá para agudizar nuestros sentidos.
De tal forma que en el  bloque A del temario, contextualización y vida de San Benito, reinarán los OJOS, cuando expongamos después el método epistemológico se comprenderá, (mirar).
En el bloque B, la Regla de San Benito, quedará simbolizado con las OREJAS (escuchar).
El bloque C, actualización de la regla, lo visualizaremos con la BOCA (dialogar)
En conclusión, necesitamos ojos para mirar a San Benito, orejas para escuchar la Regla y boca para dialogar con ella.



Método epistemológico o del conocimiento: MIRAR, ESCUCHAR Y DIALOGAR.

Una cuestión que os tendríais que plantear es la siguiente: ¿Cómo quiero conocer lo que aquí se me va explicar? Ante el conocimiento hay dos cuestiones inevitables. La primera que hace referencia al contenido, ¿Qué quiero conocer? Es decir la vida y la regla de San Benito y las repercusiones que pueda tener en nuestras vidas, y ¿cómo quiero conocer la vida y la regla? ¿Con qué método? ¿Con qué actitudes?
Yo os vuelvo a proponer que sería interesante y muy constructivo conocer la vida y la regla desde tres pasos progresivos y complementarios. Primeramente, mirar al otro. Aquí el otro es San Benito. Esa mirada tiene que ser cariñosa, cercana, comprensiva e inquieta. Una vez que lo hemos reconocido y le hemos dado existencia con nuestra mirada, escuchamos lo que esa persona ha pensado, sentido, vivido y reflexionado, como es la Regla. San Benito no escribe la Regla desde la indiferencia. Lo que en ella aparece es un mensaje  escrito para ser escuchado y asimilado, para ser recibido por nosotros. La escucha, es dejar que el otro y su mensaje entre en nuestro interior, le hagamos morada en nosotros, dejemos una estancia para él y lo que  nos quiere transmitir.
Mirar al otro, escuchar al otro son los pasos previos de todo diálogo. El dialogo es el encuentro  entre dos personas que comparten su logos, es decir, su palabra razonada, así se traduce, logos. Lo que San Benito nos comunica y lo que nosotros podemos responderle. El verdadero dialogo siempre ha dado muy buenos frutos. Ha servido para enriquecerse mutuamente, para conocerse y para amarse. También para perdonarse.

¿Qué sucede a veces? Que no nos miramos con ternura sino inquisitoriamente, que no nos escuchamos y por lo tanto el siguiente paso que debería ser el dialogo no se produce sino que la carencia de la escucha mutua nos lleva a monólogos. Aparentemente son diálogos pero en la realidad son monólogos (palabras para uno solo que no buscan la comunicación ni desembocan en una interactuación, es decir, son personas que se hablan sin escucharse) ¿Cuántas veces nos sucede eso?

¿Qué son los encuentros monásticos?...

¿Qué son los encuentros monásticos?...