miércoles, 19 de septiembre de 2018

Imágenes de niña a adulta...

Estos días estoy leyendo un libro de Francesc Torralba, “Y a pesar de todo, creer”. Su claridad en la exposición hace que se pueda leer de paseo, en intervalos. Me ayuda a reflexionar sobre mi propia fe. Hoy con la liturgia de la palabra me ha venido a la mente fragmentos de este libro del que os digo.
Dice San Pablo: “Cuando era niño hablaba como niño, ahora que soy mayor…” Esta frase de Pablo y las palabras de F. Torralba me llevan a preguntarme por qué creo, a quién creo, qué imagen tengo de Dios. Es examinar mi propia vida, el modo de obrar y actuar, de hablar a la luz de la Palabra.
Es obvio que por razones culturales y educativas tengo forjada una imagen de Dios. A lo largo de los años esta representación mental varía y se transforma, de tal modo que va a adquirir dimensiones y expresiones nuevas. Es inevitable, yo y todos cambiamos queramos o no. La imagen infantil que de niña elaboré con mi mente poco tiene que ver con la imagen que tengo ahora de adulta. La clave está en ir deshaciéndome de esas imágenes periódicas, de esas imágenes mentales, para poder auscultar al Dios que está más allá de toda representación mental.


sábado, 8 de septiembre de 2018

Busca la gracia de mano de María...


Tú y yo lo único que necesitamos es gracia. Ella, la Virgen María, felizmente, fue llena de gracia delante de Dios. Esta Virgen prudente no busca sabiduría como Salomón, ni riquezas, nI honor, ni grandezas, sino gracia. Y nuestra salvación depende exclusivamente de la gracia.

Entonces, ¿para qué codiciar cosas y mas cosas? Busca tú que lees este blog la gracia, y busquémosla por María. Dice Bernardo de Claraval: “María encuentra siempre lo que busca y jamás decepciona. Busquemos la gracia pero la gracia de Dios; pues el favor de los hombres es falaz. Que otros se dediquen a acumular méritos: nuestro afán sea hallar gracia. ¿No estamos aquí por pura gracia? Por la misericordia de Dios no estamos aniquilados. ¿Qué somos nosotros? Podemos sentirnos débiles… Mas, entra dentro de ti, hermano, y ved cómo donde proliferó el pecado sobreabundó la gracia.

María no quiere títulos, busca solamente la gracia. Tanto se fía de la gracia, sin presumir de sí misma, que se intimida ante el saludo del ángel. María se pregunta qué significa aquel saludo. Se cree indigna, pero se fía de la gracia. Fiémonos nosotros de la gracia. Gracia que es DIOS TE AMA.


jueves, 6 de septiembre de 2018

Seguimos en el curso...

Después de este tiempo de silencio os comparto que se sigue realizando el curso de formación de postulantes y novicias de la Orden. En este curso se está trabajando un tema muy importante para nosotras Cistercienses y es una introducción al Carisma Cisterciense. En nuestro carisma hay una herramienta muy importante es la Lectio Divina. Esta abre la puerta a mi carisma y a mi misma vida cristiana. Así que tú como hombre o mujer cristiano te invito a hacerla.

Toda la espiritualidad cisterciense y medieval está elaborada desde la lectio divina como interpretación de la Escritura según la doctrina del sentido espiritual y sus aspectos. La lectio divina es al mismo tiempo inteligencia de la fe e itinerario espiritual. El proceso de la lectura va acorde con el proceso de maduración espiritual del lector. A medida que el alma se va configurando con la Escritura y va ordenando en sí el amor, se va asemejando más a Cristo, al Verbo o Palabra divina, de la cual es imagen. Cada lector alcanza una inteligencia de la Palabra proporcionada al nivel que en su madurez espiritual haya alcanzado.

San Bernardo y otros autores contraponen el libro material de la Biblia al “libro de la experiencia”. El primero es leído con los ojos carnales del cuerpo, el segundo con el corazón transformado por la gracia. Lectio divina y crecimiento espiritual crecen y progresan juntos, e igualmente culminan juntos como una pareja inseparable: así como la lectura “carnal” se realiza desde una conciencia carnal, ligada a lo sensible, la contemplación se opera en una conciencia enteramente espiritual y divinizada. No hay progreso en la lectio sin transformación o maduración espiritual del lector. Ambas cosas van unidas.


Leer, meditar y orar son los componentes básicos de la lectio divina. La lectura no es un simple leer.


Meditar la Escritura era repetir incesantemente los textos sagrados a media voz, especialmente los Salmos, con el fin de aprenderlos de memoria, por un lado para la liturgia, y por otro con vistas a la búsqueda de la oración continua, la lucha contra los pensamientos y la distracción. Esta repetición continua de los textos debía hacerse, no de modo mecánico, sino al modo como los animales rumian su alimento: como una manducación lenta y pausada de la Palabra, para una correcta digestión o interiorización de la misma.


La meditación no es un ejercicio independiente de la lectura, nace de ella. Puede realizarse durante el tiempo mismo de la lectio o en otros momentos, como su prolongación, recomienda Guillermo. Lectura, meditación y oración forman un todo dinámico, no está sujeto a reglas. Con todo, hay una cierta jerarquización, como un antiguo autor cisterciense: “Buena es la lectura, mejor la meditación; pero la oración es óptima”



En suma, vemos cómo en Císter, la lectio divina no es una simple práctica de meditar u orar a partir de la Biblia, sino un camino de fe a partir de la interiorización del misterio de la Escritura, que abarca toda la vida espiritual, desde el hombre animal al hombre divinizado. De ahí que la Escritura esté en el corazón de la Espiritualidad cisterciense, y del monacato cristiano en general


viernes, 24 de agosto de 2018

Un nuevo curso...

Se ha dado comienzo el curso de postulantes y novicias de la Orden Cisterciense. Es un tiempo de gracia y de profundizar en el carisma.

Ahora un grupo de jóvenes están realizando un curso de autoconocimiento. Contamos con vuestra oración para esta nueva andadura.

martes, 21 de agosto de 2018

San Bernardo, homilia de José Luis Barriocanal...

Ayer celebrábamos con toda solemnidad posible la fiesta de nuestro Patrón.

Os dejamos la homilía que José Luis Barriocanal realizó. Lse damos las gracias y agradecemos a todos los que asistieron: monjas, sacerdotes, familiares, amigos incondicionales y amados de esta comunidad.


Queridos hermanos en el sacerdocio, querida Comunidad cisterciense, queridos familiares, amigos de esta Comunidad:



Celebramos la memoria de San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (por Pío VIII; 1830). Gracias a él la orden cisterciense llevó el Evangelio por toda Europa, llegando a fundar hasta 68 monasterios.

Y festejamos la memoria de este gran santo en el mes de agosto, mes en que tantas ciudades y pueblos celebran sus fiestas patronales, especialmente de Acción de gracias.

Es el caso de las parroquias que tengo encomendadas. En las homilías, de dichas fiestas de acción de gracias, hago ver el canto de alabanza, de acción de gracias de María: da gracias por el modo de ser de Dios, porque “su misericordia llega a sus fieles de generación en generación, […] porque derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos les despide vacíos”. Seguidamente, pregunto: ¿cómo es mi acción de gracias al Señor? ¿por qué le doy gracias?

Les hago partícipes de mi acción de gracias. Doy gracias al Señor por el gran regalo que nos ha hecho el papa Francisco con la Exhortación Apostólica Gaudete et Exultate (“Alegraos y regocijaos”). Pues ha estado muy presente en las celebraciones dominicales del año como explicitación y comentario de la Palabra proclamada.

Y una razón más de mi acción de gracias, por un santo que ilustra esta llamada del Papa a la santidad: San Bernardo de Claraval. Al acercarme un poco más a su figura, con la ocasión de la invitación de esta Comunidad a presidir su conmemoración. En efecto, como el profeta Ezequiel fue puesto como señal ante el pueblo de Dios del hombre nuevo, renovado por la acción de Espíritu divino, al que estaba llamado Israel, así san Bernardo es señal de santidad para todos nosotros.

Cierto que quizá en aquel tiempo, s. XII, era más palpable el deseo de santidad, el deseo de Dios, de vida interior, tan bien expresado por el arte arquitectónico del románico. Como lo expresa también el hecho que cinco de sus hermanos y su mismo padre ingresaran en la vida monástica. En cambio, nuestro tiempo actual, especialmente de Europa, cabe definirlo con las palabras del salmista: “Olvidaste al Dios que te dio la luz”. Ahora no se alzan catedrales para la gloria de Dios, salvo raras excepciones como la de la Sagrada Familia de Gaudi, sino para la gloria del tener más, del consumir más y del poder más. Estas catedrales llevan el nombre de bancos, de áreas comerciales… Son expresión del análisis certero del papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Evangelii Gaudium, n. 2).

San Bernardo es señal de las primeras palabras con las que comienza la Exhortación del Papa Francisco: “El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”. Y vosotras, seguidoras de Cristo bajo el carisma de vuestro fundador, sois, a su vez, señal de estas mismas palabras.

Podemos darle al Señor, como Bernardo, todo, porque tenemos la misma fuerza del amor del Padre que movió al Hijo a darle todo al Padre (“todo está cumplido”). Ese amor se nos da cada en la celebración Eucarística por medio del pan de vida de la Palabra y de la comunión del cuerpo y sangre de Cristo.

Llegamos así a la pregunta clave, cuál fue el secreto de la santidad de Bernardo, el secreto de su darle al Señor todo. La respuesta la encontramos en sus escritos, en sus predicaciones: su doble amor, a Cristo y a su madre Maria. Escuchemos sus mismas palabras acerca de este doble amor:

Amor a Cristo. “sólo Jesús es miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón” (mel in ore, in aure melos, in corde iubilum). Precisamente de aquí proviene el título, que le atribuye la tradición, de Doctor mellifluus: de hecho, su alabanza de Jesucristo “fluye como la miel”.

El abad de Claraval en sus debates con los teólogos y filósofos de su tiempo no se cansa de repetir que sólo hay un nombre que cuenta, el de Jesús Nazareno. “Lo que escribes no tiene sabor para mí, si no leo allí a Jesús […] Cuando discutes o hablas, nada tiene sabor para mí, si no siento resonar el nombre de Jesús”.

Estas palabras solo pueden proceder de quien ha tenido un encuentro personal íntimo con Jesús, de quien hace experiencia de su cercanía, de su amor, de su amistad. Sólo así se aprende a conocerlo cada vez más, a amarlo y seguirlo cada vez más. ¡Que esto nos suceda también a cada uno de nosotros!

Esta intimidad con el Señor se refleja en su estima y en sus reiteradas invitaciones a la oración, a la contemplación, como medios para iluminar las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, y no sólo con las únicas fuerzas de la razón. Con el Doctor melifluo debemos reconocer que buscamos mejor y encontramos más fácilmente a Dios “con la oración que con la discusión”.

Amor a María. Terminamos como hemos empezado, mirando a María, y lo hacemos con las palabras de Bernardo contenidas en una de sus muchas homilías:

“En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres —dice— piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...” (Hom. ii super "Missus est", 17: PL 183, 70-71).

Gracias a esta Comunidad, y a todas las comunidades cistercienses, a la vida contemplativa, porque recordáis a nuestras comunidades parroquiales que “la santificación es un camino comunitario” (n. 141), como lo señala el Papa Francisco. La prueba es que la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras, así la comunidad de monjes trapenses de Tibhirine (Argelia), tan bien llevado al cine bajo el título “De dioses y de hombres”. Sabiamente muestra cómo juntos se prepararon para el martirio, por amor a Dios y a los hombres.

Santidad que se fragua en el compartir la Palabra y en la celebración de la Eucaristía y “en muchos pequeños detalles cotidianos”, como bien sabéis. Todo lo cual “nos hace más hermanos y nos va convirtiendo en comunidad santa y misionera” (Gaudete et Exultate, nn. 142-143).


domingo, 12 de agosto de 2018

Recta final...

Hoy estamos en la recta final del Taller de Agosto del 2018. Un Taller que han sido unos ejercicios espirituales, teniendo como maestro a Pedro.

Se comenzó con un punto clave: Jesús subió a solas a orar. ¡¡¡Impresionante!!! Esta primera meditación fue el jueves por noche e impresionaba escuchar eso por la noche: Jesús subía al monte a orar, y en más de un lugar nos dice que era de noche. Y de noche lo escuchamos. Un buen comienzo...

Estos días, ocho personas han ido al monte a solas a orar con Jesús y la figura con la que se han sentido identificados es la de Pedro. Seguro que a ninguno se le va a olvidar quién es Pedro. Pedro eres tú y yo.

Gracias a cada uno de los que habéis participado, sois una gracia para la comunidad; y gracias a Carlos por cada una de las enseñanzas.


¿Qué son los encuentros monásticos?...

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